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¿Qué hace excelente a un profesor y por qué los estudiantes lo recuerdan? 

En toda vida estudiantil, hay ciertos profesores que permanecen en nuestra memoria mucho después de haber terminado un curso. No se trata solo de cuánto sabían, sino de cómo nos hicieron sentir, de cómo lograron inspirarnos a aprender y crecer. La investigación en pedagogía confirma esta intuición: la excelencia docente no es producto del azar, sino de una combinación de factores humanos y pedagógicos que potencian tanto el aprendizaje como la experiencia estudiantil (Hattie, 2009; Bain, 2004). 

Ken Bain, en su reconocido libro What the Best College Teachers Do (2004), demostró que los profesores más recordados son aquellos que logran generar confianza, despiertan curiosidad y motivan a sus estudiantes a reflexionar más allá del salón de clases. Por otro lado, el metaanálisis de John Hattie (Visible Learning, 2009) encontró que las prácticas de enseñanza con mayor impacto son las que hacen visible el proceso de aprendizaje, combinando retroalimentación efectiva, altas expectativas y relaciones positivas

Lo que hace excelente a un profesor:

  1. Conexión humana: un profesor memorable es aquel que reconoce al estudiante como persona, que valida sus dudas y se interesa por su bienestar (Pianta et al., 2012). 
  1. Claridad y organización: las explicaciones claras, los objetivos bien definidos y la estructura lógica generan confianza y favorecen la comprensión. 
  1. Pasión contagiosa: la energía y el entusiasmo del docente influyen directamente en la motivación de los estudiantes (Frenzel et al., 2009). 
  1. Retroalimentación significativa: más que una nota, los estudiantes valoran comentarios que los guíen a mejorar (Shute, 2008). 
  1. Enseñar a aprender: los mejores profesores no solo transmiten información, sino que desarrollan en sus estudiantes estrategias para seguir aprendiendo de manera autónoma (Zimmerman, 2002). 

La excelencia docente se construye en la intersección entre humanidad y ciencia pedagógica. Los estudiantes no recuerdan tanto los exámenes o las diapositivas, sino la forma en que el profesor les permitió descubrir su propio potencial. En ese sentido, cada docente tiene en sus manos la posibilidad de marcar una diferencia real: ser recordado no por la cantidad de información transmitida, sino por haber enseñado a pensar, a cuestionar y a aprender. 

La investigación educativa es clara: las relaciones de confianza, la claridad al enseñar, la pasión contagiosa y la retroalimentación constructiva no son detalles menores, son los cimientos de la excelencia. Invertir en desarrollar estas cualidades significa formar estudiantes más motivados, más seguros y con herramientas para enfrentar nuevos retos. 

Como comunidad académica, el reto es mirar más allá de la transmisión de contenidos y preguntarnos: ¿qué huella queremos dejar en quienes nos escuchan hoy y nos recordarán mañana?